Era una fría noche de invierno, y la gente iba más abrigada que nunca. Sin embargo, a él parecía no importarle. Seguía allí plantado, impasible, en mangas de camisa. El fuerte viento le obligaba a balancearse para mantener el equilibrio en lo alto de aquel imponente edificio acristalado.
Estaba descalzo, y los dedos de sus pies se doblaban sobre el borde de cemento, en un intento desesperado de evitar ese más que precipitado final.
Su rostro irradiaba serenidad, y su mirada se perdía entre el gentío, allá abajo.
Las conversaciones de aquellos extraños, en su mayoría jóvenes y despreocupados, llegaban distorsionadas a sus oídos.
Todos esperaban encontrar diversión, esperanza en aquel edificio donde las luces, los colores y los gritos inundaban el ambiente, quizás un tanto atemporal. Donde él, más temprano que tarde, lo había perdido todo.
Todos estaban seguros de cruzar aquellas puertas con la fortuna de su lado. Él estaba seguro de que al igual que le había sucedido años atrás, en las mentes de aquellos desconocidos se repetía una y otra vez la misma frase: "Yo tengo suerte". Todos estaban seguros de ello. En cambio, con el primer giro de la ruleta, la situación cambiaba. Los roles se invertían. A partir de ese momento, ¿eres tú quien tiene suerte, o es la suerte la que te tiene a ti?
A día de hoy, él seguía sin saberlo. Por eso, quizás, estaba ahora en esa situación. Para poner fin a la incertidumbre, o si no a la incertidumbre, al menos al dolor, al tormento, a la decepción, y sobre todo, al sufrimiento de los que le querían.
Cerró los ojos y respiró profundamente, reviviendo en la memoria una infancia malvivida y también desaprovechada.
Recordó que cuando era niño estaba convencido de tener superpoderes. Estaba completamente seguro de que si lo intentaba, volaría. Desafortunadamente, las continuas reprimendas de su madre hicieron que nunca llegara a confirmarlo, y ahora, sólo en aquella azotea, la situación se le presentaba como la mejor para averiguarlo.
Si lo conseguía, volvería a casa con algo de lo que su familia podría enorgullecerse, en lugar de con la vergüenza habitual. Si no, tan solo acabaría con el sufrimiento. Con el propio, y el de los suyos.
Sería la primera vez en muchos años que hiciera algo bueno por su mujer y sus hijos.
Pasara lo que pasara, todos saldrían ganando.
Entonces, inspiró profundamente y saltó.
Saltó hacia al frío viento de la noche, hacia los sueños rotos, el llanto de su familia, una enfermedad mal curada, una ludopatía no admitida. Saltó hacia el descanso, hacia la muerte, hacia el final.
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