miércoles, 8 de julio de 2009


La puerta de la librería se abrió en medio de aquel atardecer muerto y silencioso, como otros tantos. Sin embargo, la brisa que entró en aquel instante trajo consigo un olor que marcó la diferencia entre aquella puesta de sol y las otras mil vividas por Christopher.


Era bastante inusual que alguien osara a entrar en aquella polvorienta librería; vieja, abandonada, repleta de libros enfermos, casi muertos, cuyas palabras habían sido silenciadas hacía mucho por el tiempo y el olvido.

Christopher salió de las sombras, hacia el mostrador, y aquellos ojos color carbón que cansados, se apoyaban en un bastón , le devolvieron el aliento perdido muchos años atrás.

Podía reconocer en ellos a una parte de si mismo. Podía reconocer a otro olvidado del destino en aquellos ojos. A alguien que, como él, se dejaba manosear por la vida, sin molestarse en vivirla siquiera. Alguien que contenía el aliento esperando que la falta de oxígeno acabara con él, pero siendo castigado por la vida, que lo mantenía atado a ella.

Mientras aquella mujer se perdía entre las carcomidas estanterías devolviendo a la vida volúmenes que no habían sido abiertos durante siglos, Christopher la observaba y se convencía cada vez más de que ambos compartían una existencia similar. Discontinua, dominada por una especie de interruptor que ellos no podían controlar. Encendidos, apagados, encendidos, apagados...

El paso del tiempo hizo que el interruptor de Christopher se encendiera cada vez menos, hasta que llegó un día en que su luz, derrotada, empezó a temblar como la llama de una vela a punto de consumirse.

En cambio, aquellos ojos negros, oscuros como la más fría de las noches, dieron fuerza a esa luz. Chrisopher sabía que querían decirle algo, y en lo más hondo de aquel corazón hecho añicos sabía que dos olvidados del destino podrían recordarse el uno al otro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario