domingo, 21 de febrero de 2010

Tracy.





El sueño de Tracy es convertirse en canción. Va deambulando por ahí, con su pelo largo y sus ojos verdes esperando que alguien se fije en ella. Su madre le enseñó que a veces hay que hacer ciertas cosas para que la gente se fije en uno y poder ser alguien en la vida. El alcohol, el tabaco y las drogas son solo algunas de ellas, así que Tracy va por ahí, puesta hasta las cejas, esperando convertirse en canción. Su plan es conocer a algún rockero desfasado que se enamore de sus piernas quilométricas y de su melena salvaje, que se case con ella y que le haga un par de canciones. Cuando muera de sobredosis se quedará con su fortuna y podrá decirle a su madre que el plan funciona.
Tracy conoce a muchas chicas de su edad que nunca hicieron caso a su madre, y que pensaban que los consejos maternales no eran más que estupideces, y así les va ahora, piensa Tracy, trabajando 8 horas al día encerradas en una oficina. En cambio, ella siempre obedeció a su madre, a la que consideraba lo más de la sabiduría, el libro gordo de Petete, vamos. Lo que decía su madre iba a misa, que si súbete la falda, que si no enseñas pierna no eres nadie, que si métete relleno en el sujetador que con esas tetas no te vas a casar nunca, que si un vaso de whisky ayuda a dormir… Tracy le hacía caso en todo, y por eso ahora tenía mejor vida que sus amigas. Se pasaba el día durmiendo y asistía a fiestas donde le regalaban pastillas cada noche, y ansiaba cumplir el sueño de su madre, muerta hacía un par de semanas. Su sueño era convertirse en canción.
Hoy me han invitado a un chocolate caliente. Si mal no recuerdo, ya te he hablado de mi teoría sobre los hombres que invitan a chocolate una tarde de domingo no? Son los mejores, atentos, sensibles, viriles…no como esos hombres estresados y vividores que invitan a café, ni como los que te invitan a un té, que todavía viven con su madre, y llevan jerseys tejidos por ella. Mucho peores los que te invitan a una copa así, a media tarde. Esos solo quieren sexo. Los hombres que te invitan a un chocolate caliente son los mejores. Los hombres perfectos. Ni que decir tiene que no acepté. Hubiera preferido cualquiera de los anteriores, pero.. el perfecto?No, gracias. No me gustan las cosas perfectas. Como las flores, por ejemplo, o las personas que sonríen mucho. Dan miedo. Las primeras te miran con esos colores tan vivos y con esos pétalos tan suaves…te hacen sonreír, como diciendo.. si, tu ríete, que en dos segundos vas a estornudar.
Las segundas son simplemente espeluznantes. Sonríen y sonríen, son todo simpatía, amabilidad…cuando una persona me sonríe demasiado temo que aparezca a la mañana siguiente en mi puerta con un cuchillo, o peor, con una tarjeta que ponga en letras bien grandes HACIENDA. Espeluznante.


A mi lo que verdaderamente me gusta son las cosas imperfectas. Como tu ceja izquierda, ligeramente despeinada. O ese bultito que tienes en el cuello formado a base de notas y canciones. Esas cartas imperfectas que me escribes en las ocasiones especiales, y los borrones que causas al echarles colonia. Me encantan esos días casi perfectos ( y digo CASI perfectos) que pasamos en tu casa, acurrucados bajo la manta hasta que llega tu padre y tenemos que salir corriendo. Me gusta la manera en que miras cuando digo alguna tontería, y la manera en que te ríes de algo que solo pasa en tu cabeza. Contigo me convierto en una de esas personas que sonríen todo el día. Y eso es perfecto.

Sabes? Creo que me empiezan a gustar las cosas perfectas…