lunes, 29 de junio de 2009

Era una fría noche de invierno, y la gente iba más abrigada que nunca. Sin embargo, a él parecía no importarle. Seguía allí plantado, impasible, en mangas de camisa. El fuerte viento le obligaba a balancearse para mantener el equilibrio en lo alto de aquel imponente edificio acristalado.
Estaba descalzo, y los dedos de sus pies se doblaban sobre el borde de cemento, en un intento desesperado de evitar ese más que precipitado final.
Su rostro irradiaba serenidad, y su mirada se perdía entre el gentío, allá abajo.
Las conversaciones de aquellos extraños, en su mayoría jóvenes y despreocupados, llegaban distorsionadas a sus oídos.
Todos esperaban encontrar diversión, esperanza en aquel edificio donde las luces, los colores y los gritos inundaban el ambiente, quizás un tanto atemporal. Donde él, más temprano que tarde, lo había perdido todo.
Todos estaban seguros de cruzar aquellas puertas con la fortuna de su lado. Él estaba seguro de que al igual que le había sucedido años atrás, en las mentes de aquellos desconocidos se repetía una y otra vez la misma frase: "Yo tengo suerte". Todos estaban seguros de ello. En cambio, con el primer giro de la ruleta, la situación cambiaba. Los roles se invertían. A partir de ese momento, ¿eres tú quien tiene suerte, o es la suerte la que te tiene a ti?
A día de hoy, él seguía sin saberlo. Por eso, quizás, estaba ahora en esa situación. Para poner fin a la incertidumbre, o si no a la incertidumbre, al menos al dolor, al tormento, a la decepción, y sobre todo, al sufrimiento de los que le querían.

Cerró los ojos y respiró profundamente, reviviendo en la memoria una infancia malvivida y también desaprovechada.
Recordó que cuando era niño estaba convencido de tener superpoderes. Estaba completamente seguro de que si lo intentaba, volaría. Desafortunadamente, las continuas reprimendas de su madre hicieron que nunca llegara a confirmarlo, y ahora, sólo en aquella azotea, la situación se le presentaba como la mejor para averiguarlo.
Si lo conseguía, volvería a casa con algo de lo que su familia podría enorgullecerse, en lugar de con la vergüenza habitual. Si no, tan solo acabaría con el sufrimiento. Con el propio, y el de los suyos.
Sería la primera vez en muchos años que hiciera algo bueno por su mujer y sus hijos.
Pasara lo que pasara, todos saldrían ganando.
Entonces, inspiró profundamente y saltó.

Saltó hacia al frío viento de la noche, hacia los sueños rotos, el llanto de su familia, una enfermedad mal curada, una ludopatía no admitida. Saltó hacia el descanso, hacia la muerte, hacia el final.

domingo, 7 de junio de 2009

Hoy.

Hoy no quiero pensar, ni escribir, ni mirar, ni siquiera recordar… Hoy no.

No quiero pensar en mi historia, ni en la tuya; en lo que hice hoy, o lo que voy a hacer mañana. Hoy me siento harta de reflexionar. De lamentar los errores- los míos o los tuyos- y no mirar al futuro.
No quiero escribir mi vida, ni la ajena. Hoy me cansé de inventar hazañas externas, y de tergiversar las propias hasta que no queda un ápice de verdad.
No quiero mirar al cielo, ni al suelo, y mucho menos a un espejo. Hoy no me apetece enfrentarme a mi reflejo.
Ni siquiera quiero recordar dónde empezó todo, ni imaginar dónde terminará. Lo presente es lo que importa.


Hoy sólo me apetece sentir, tocar, respirar, cerrar los ojos, inventar, desayunar, acariciar, agradecer y tal vez amar.

Hoy me apetece sentir tu silencio al otro lado del teléfono y tocar tu voz con la punta de los dedos.
Hoy me apetece respirar esa canción.
Me apetece cerrar los ojos mientras me estás mirando. Me apetece volver a abrirlos y descubrir que tu mirada no ha cambiado.
Me apetece inventar un juego para jugar juntos, ganar y perder a un tiempo…vencedores y vencidos de un final sin decidir.
Me apetece desayunar tu boca, como cada mañana, nada más despertar.
Me apetece acariciar tu pelo, enredarme en tu cabeza e imaginar tu pensamiento.
Me apetece agradecer, al mundo, pero sobre todo a ti, mi eterna felicidad.
Hoy solo me apetece, tal vez, amar.


sábado, 6 de junio de 2009

¿Que puede haber de malo?

No hay nada malo en tener un deseo. ¿O eso también está incluido en la lista de pecados sociales?
Prefiero no pensarlo. Intento convencerme.
Quizás no esté bien visto desear lo que no está de tu mano.
Sin embargo, nadie dice nada cuando algún viejo le roba un caramelo a un niño. Nadie se chiva cuando ve una pelea en el patio del colegio. Nadie se extraña si al pasar delante de un grupo de gente le pitan los oídos. A nadie se le ocurre intervenir si alguien se compra una manzana con una moneda encontrada en el suelo. Tampoco se dice nada si esa moneda no estaba en el suelo. La gente sigue callada incluso cuando esa moneda estaba en un bolsillo ajeno.
Entonces...si todo eso no importa...¿Que puede haber de malo en tener un deseo?

viernes, 5 de junio de 2009

Carta.

Te quiero.
Quiero que, ante todo, tengas eso claro. No quise dejarte, no voy a olvidarte y nunca te abandoné. Quizás ni siquiera sepas quien soy, quizás esta carta se pierda en el tiempo antes de llegar a ti.
Quiero que sepas que me hubiera gustado mucho estar ahí para ti. Compartir contigo tu primer cumpleaños, tu primera bicicleta, o tu primer amor.
Pero las estrellas están siempre en el cielo. Aunque la noche no sea clara y tu no las puedas ver, están ahí. Siempre. Y yo también. Me gustaría que pensases en mi como en una estrella, como lo que siempre fui y siempre seré. Tuya.
Puede que alguien te haya hablado ya de mi, y puede que me odies, pensando que te dejé porque no te quería. Pensar en esto me desgarra por dentro, y el dolor es insoportable. Por eso escribo esta carta, porque no soportaría pensar que no me quieres, que me odias por algo que ni siquiera ocurrió realmente.
Probablemente te estés preguntando por que ahora, por que no mucho antes, ahorrando toneladas de dolor para ambos.
Simplemente quise esperar a que pudieras entenderlo bien. A que pudieras comprender que, cuando escribí esto, tú aún no habías nacido. Pero lo harías. Sabía que lo harías. No estaba dispuesta a permitir que te marchases sin haber llegado todavía. Sin ver el mundo, sin sentirlo, sin tocarlo. Aunque yo no fuera a estar ahí para acompañarte.

Ahora que sabes esto, solo espero que tu punto de vista cambie, y que no me odies por alimentar tu vida dando la mía a cambio.