
El sueño de Tracy es convertirse en canción. Va deambulando por ahí, con su pelo largo y sus ojos verdes esperando que alguien se fije en ella. Su madre le enseñó que a veces hay que hacer ciertas cosas para que la gente se fije en uno y poder ser alguien en la vida. El alcohol, el tabaco y las drogas son solo algunas de ellas, así que Tracy va por ahí, puesta hasta las cejas, esperando convertirse en canción. Su plan es conocer a algún rockero desfasado que se enamore de sus piernas quilométricas y de su melena salvaje, que se case con ella y que le haga un par de canciones. Cuando muera de sobredosis se quedará con su fortuna y podrá decirle a su madre que el plan funciona.
Tracy conoce a muchas chicas de su edad que nunca hicieron caso a su madre, y que pensaban que los consejos maternales no eran más que estupideces, y así les va ahora, piensa Tracy, trabajando 8 horas al día encerradas en una oficina. En cambio, ella siempre obedeció a su madre, a la que consideraba lo más de la sabiduría, el libro gordo de Petete, vamos. Lo que decía su madre iba a misa, que si súbete la falda, que si no enseñas pierna no eres nadie, que si métete relleno en el sujetador que con esas tetas no te vas a casar nunca, que si un vaso de whisky ayuda a dormir… Tracy le hacía caso en todo, y por eso ahora tenía mejor vida que sus amigas. Se pasaba el día durmiendo y asistía a fiestas donde le regalaban pastillas cada noche, y ansiaba cumplir el sueño de su madre, muerta hacía un par de semanas. Su sueño era convertirse en canción.
