domingo, 18 de octubre de 2009

Podía imaginársela perfectamente, sola, olvidada en su sillón. Probablemente sentada en la penumbra, con los ojos rojos y la mirada perdida, como la había tenido él durante años, tiempo atrás. Se la imaginaba secándose lo salado de sus mejillas y eliminando concienzudamente los restos de dolor anidados en el borde de sus labios.

Pensar en ella era como pensar en sí mismo, en los primeros años de su desgracia, en los primeros años después de Suzanne, la mujer que lo convirtió en lo que ahora era.
Después de aquellos labios que quemaban como cenizas y después de aquellos ojos que helaban el alma….después, nada.
Tan solo unas cuantas botellas de vodka vacías, arrinconadas junto al sillón. Un par de espejos rotos a puñetazos, unas velas consumidas, una colilla abandonada en un cenicero, diez años malvividos, y, al fin, la salvación.
Tras una década viviendo lo ajeno, viendo el mundo sólo a través de los libros, rehaciéndose por dentro con las palabras a modo de cemento y alimentándose de amores de tinta, la muerte de su abuelo le devolvió, paradójicamente, la vida.
El último miembro con vida de su familia con el que casi no tenía relación acababa de dejarle en herencia la librería que desde hacía años Christopher soñaba con regentar.